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El corso está
integrado por las agrupaciones carnavaleras típicas del Uruguay como
las murgas, los negros lubolos, los parodistas, los humoristas y las
mascaradas musicales, además de los carros alegóricos que transportan
a las reinas del Carnaval, que van seguidos de un séquito de un
centenar de cabezudos (unas cabezas de dos metros de altura hechas de
papel prensado y pintadas con llamativos colores). Este desfile es
sólo el comienzo. Pocos días después, por las calles de los
tradicionales barrios Sur y Palermo, tiene lugar el desfile de Las
Llamadas, la fiesta máxima de la colectividad negra del Uruguay. Allí,
unos dos mil artistas, que no son sólo negros, recrean una fiesta con
raíces africanas que se viene haciendo desde la época de la colonia,
en el siglo XIX.
El carnaval
uruguayo se distingue del carnaval brasileño y del andino porque reúne
la tradición hispánica de las murgas con la africana de los lubolos y
porque, luego de desfilar en las calles, se traslada a los escenarios
de los barrios, en donde se instala durante más de un mes. Las
agrupaciones carnavaleras también participan de un concurso oficial,
auspiciado por las propias agrupaciones y apoyado por la intendencia
municipal de la ciudad, en un anfiteatro abierto en el estilo de la
Grecia clásica llamado Teatro de Verano. Los ganadores del concurso,
que se extiende hasta el mes de marzo, obtienen importantes premios
que pueden alcanzar los 35 mil dólares.
Las dos
agrupaciones carnavaleras más características del Uruguay son las
murgas y los lubolos. La murga hunde sus raíces históricas en la
tradición española. En un principio, la murga era una agrupación de
músicos frustrados que entonaban -bastante desafinados, por cierto-
canciones picarescas. Los historiadores señalan a la murga La
gaditana, surgida en 1917, como la primer murga uruguaya. Actualmente,
estas agrupaciones tienen características muy diferentes. La murga
está integrada por unos 30 cantantes y tres percusionistas: un bombo,
un platillo y un redoblante, los únicos instrumentos permitidos en la
murga, los cuales no tienen notas. El tono para afinar lo da, con su
voz, el director del conjunto, de quien se presume, tiene un oído
privilegiado. Hace ya muchos años que estos conjuntos se han
profesionalizado y están integrados también por músicos notables,
algunos de los cuales son cantantes líricos. La murga se junta hacia
fines de diciembre para empezar a preparar sus repertorio, el cual
consta de: Presentación, Cuplé (una especie de pequeña pieza teatral
cantada) y Retirada. Las murgas -llamadas, por ejemplo, Los patos
cabreros, Araca la cana, Falta y resto, La reina de la teja,
Asaltantes con patente- tienen dos características bien definidas. Una
es que en sus textos los autores repasan los acontecimientos más
memorables del año; la otra es que se sirven de las músicas que más se
escucharon durante el año, las cuales llevan a "tiempo de murga" un
estilo bastante difícil de definir que usa mucho la armonización vocal
y la oscilación del tempo rítmico. El repertorio murguero de 1999,
para dar una idea, está marcado por temas como el fin de siglo, la
corrupción y la política, y lo habitan personajes que son
ridiculizados sin piedad, de la talla de Augusto Pinochet, Monica
Lewinsky y Bill Clinton, sin olvidar a políticos, futbolistas y
personajes locales. Además de la murgas, hay otras agrupaciones como
los parodistas y los humoristas, todas musicales, que se distinguen de
la murga por el uso de varios instrumentos y porque sus actuaciones
están más apoyadas en el baile coreográfico, en el teatro y en
fastuosos vestuarios. El numerosísimo público que sigue a estos
conjuntos espera todo el año para saber qué canciones y qué temas van
a ironizar las murgas, los humoristas y los parodistas.
Los espectáculos de
estos conjuntos tienen un elevado costo de producción que va de los 15
a los 30 mil dólares. Las agrupaciones actúan durante un mes en
decenas de escenarios populares de Montevideo, llamados tablados y no
son pocos los que llevan sus actuaciones a países tan lejanos como
Australia, Canadá o España, para que la colectividad de uruguayos allí
afincada siga teniendo contacto con las tradiciones de su país.
Tradición hispánica y africana
A esta
manifestación carnavalera, de tradición hispánica, se suma la de raíz
africana. El desfile de llamadas se realiza por los barrios donde
tradicionalmente habitan más negros, como son Sur y Palermo que, como
dice una canción, son "rivales y hermanos". Estos dos barrios tenían
hasta hace unas décadas los llamados conventillos, una suerte de
edificios gigantes en el que convivían decenas de humildes familias.
Uruguay, cuya población de tres millones de personas, es
mayoritariamente europea; fue el primer país de América en abolir la
esclavitud y nuca tuvo problemas raciales. Sin embargo, algunos
antropólogos señalan que al destruir los conventillos lo que se hizo
fue "blanquear" a los negros, es decir, asimilarlos a la cultura
dominante blanca y europea. De todas formas, el desfile de Llamadas, y
pese a que en él participan muchos blancos, es una fiesta típica de
los negros. Una agrupación lubola está integrada por medio centenar de
tamborileros, una pareja de jóvenes que se disfraza de viejos y hacen
al "gramillero" y a la "mama vieja", que realizan un baile agotador
que les exige difíciles contorsiones, varios portaestandartes, algunos
escobilleros y dos o tres vedettes que bailan al compás de la música.
En este corso desfilan varias comparsas que hacen estremecer con su
estruendo al numerosísimo público que las presencia. Los tamboriles
hacen el típico ritmo uruguayo llamado candombe. Este ritmo, que se
supone proviene de la región africana del Bantú, pero que se consolidó
en Uruguay, es un 6 X 8 que se ejecuta con tres tipos de tambores:
chico, repique y piano. Los tambores se hacen de madera y lonja de
cuero de vaca y se tocan con las manos y palillos. El candombe desde
hace tiempo traspasó las fronteras exclusivas del carnaval y fue
ganando espacio en la música popular. El candombe tiene ahora cultores
de la talla de Rubén Rada y los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso,
músicos que lo transportaron a todo el mundo y lo mezclaron con el
jazz y con el rock, llevándolo así a su máxima expresión musical.
Durante el desfile, los músicos son acompañados por otros artistas que
se esfuerzan en portar pesadísimos estandartes. Es llamativo ver que
entre los "trofeos" que cargan haya estrellas y media lunas, símbolos
tradicionales de la religión islámica, la que se supone que llegó a
Uruguay a través de algunos esclavos traídos del norte y este de
África, donde se practica esa religión.
El carnaval
uruguayo se distingue de los demás, entonces, no sólo por su duración
sino porque es realizado, a su vez, no sólo en la calle, sino en
escenarios (es decir, es teatralizado). Durante todo el mes funcionan
en Montevideo decenas de tablados que generan numerosas fuentes
laborales ya sea para los carnavaleros -que pueden llegar a hacer diez
actuaciones en un misma noche- como para aquellos que están en el
entorno. Los tablados más populares llegan a vender más de dos mil
entradas todas las noches y ofrecen una programación de más o menos 10
conjuntos. Según cifras oficiales, el carnaval en Montevideo mueve más
de dos millones de dólares en tan sólo un mes. La creciente
profesionalización del carnaval ha sido duramente criticada por viejos
carnavaleros, antropólogos y musicólogos que entienden que la fiesta
ha perdido el carácter lúdico de antaño para transformarse en un mero
negocio. Los artistas que trabajan en carnaval, muchos de los cuáles
se desempeñan durante el resto del año en otras tareas que no están
relacionadas con el arte, ganan dinero con las actuaciones en los
tablados y aspiran a ganar el premio oficial. Al final de febrero, en
el Teatro de Verano, un jurado especializado otorga premios a los
mejores en cada una de las categorías y a las estrellas individuales.
Esos premios, que se forman con la venta de entradas al Teatro de
Verano, sirven para solventar los costosos vestuarios de las
agrupaciones y el resto se reparte entre los integrantes de las
agrupaciones que van desde los maquilladores, pasando por los músicos,
vestuaristas y terminan en el conductor del camión que los transporta.
El Carnaval se ha
profesionalizado tanto que, al finalizar la zafra, los dueños de los
conjuntos, como en el fútbol, comienzan a gestionar costos fichajes.
Un letrista de murga se puede cotizar en tres mil dólares, y una
primera voz, dos mil. Pero, pese a los purismos de muchos que lo
prefieren amateur, el Carnaval es la fiesta más popular de los
uruguayos. OEI. |